miércoles, 4 de febrero de 2015

Sociedades de plastilina.

Y me desperté con sensaciones anodinas y un hervor en el cuerpo que me hizo saltar de la cama de un tirón. Asomándome a la ventana comprendí lo que me atemorizaba. Cerré mis ojos, anegados en frías lágrimas escarchadas, y marchitadas por un pasado reverberante cuya grandilocuencia chocaba con el paisaje que distribuía mi retina al resto de mi cerebro atormentado.

Desnudo, decidí tocar el piano durante largo rato, varias horas seguidas. Las notas salían vacuas, tristes, insípidas. Su sabor sinestésico se había perdido en aquellos años de maravilla intelectual y económica. Estoy  tan lejos de mi hogar, me dije a mí mismo.

Los vecinos bajaron molestos, ya que el ruido que hacían mis teclas en sus despellejados tímpanos hundidos de metralla artificial, los hacían perder el control. Los pobres habían escuchado tantas sandeces y mentiras de casi todo el mundo que la desconfianza y la sordera reinaban en la ciudad. Además era la hora del programa especial de la nueva cadena estrella, el BERRINCHE DELUXE. Ese era el único momento del día en que uno podía descansar tranquilo, cesaban hasta los misiles de un ejército, muy poco numeroso ya, de Cascos Azules que habían venido a “ayudar”. En cambio, yo solo veía edificios derruidos, calles empañadas de sangre roja y carteles de humo y, cómo no, negocios en ruinas.

Las protestas ya casi ni se sucedían, por lo que no hacía falta fuerzas externas venidas de algún otro país. Yo no me lo quise creer cuando me lo dijo mi vecino del tercero, pero era cierto. Al parecer la comunidad internacional se había olvidado de nosotros. No se hablaba en la televisión de que había atentados día sí y otro también.

Entonces pensé en África. Antes solía ver por la caja tonta la pobreza de aquel continente, su gente, la desolación en la cara de sus habitantes. El llamado Tercer Mundo. Me observé en el espejo. ¡Voilà! tenía la misma cara que aquellas personas. Una sensación de resentimiento reprimido con mezclas de asquerosa rabia derramada brotó por mi cuerpo hasta tal punto que me golpeé la cabeza con aquel cristal. Acabó roto en mil pedazos.

Miré de nuevo por la ventana y miré los rostros de los pocos que quedaban sin ver la televisión. Miradas perdidas, rostros desencajados, desnutrición por falta de hambre en todos los sentidos. Las ganas de luchar se habían perdido porque habíamos perdido unas tres mil batallas en menos de veinte años. Pero no había ningún muerto real, o eso decían las autoridades. Sin embargo yo notaba la presencia de la diosa muerte entre las calles de la ciudad, en cada rincón de sus parques y plazas, en aquella colina del norte, en la deshidratada playa solitaria, cuya marea era caduca y débil, así como en todas las casas de aquella ciudad.

La vida era vida porque sobrevivíamos a cualquier vulneración de los derechos humanos. A impuestos feroces, a cobros en negro, a un gobierno democrático, ¡ay, qué de daño se le ha hecho a esta idea de mundo, de humanidad política! Y sobre todo, sobrevivíamos a una dictadura sutil, la de un mercado que nos aplastaba. Volví a pensar en África y sonreí irónico al recordar las palabras de plastilina que utilizaban nuestros políticos para decirnos que no acabaríamos como ellos.
Antes pensaba en las diferencias y las enumeraba. Ahora no encontraba nada que nos separara de ellos. Dicen que la humanidad comienza cuando nos volvemos humanos. Cuando el dinero pierde su valor y aquellos que veíamos con indiferencia se tornan iguales. Como un equilibrio de balanzas. Observé el cielo, estaba gris húmedo. Va a llover, me dije. Se avecinaba otra lluvia ácida. Esta venía malhumorada, normal, algún día el mundo tendría que devolvernos lo que le hemos hecho a lo largo de los años.

Bajé hacia la calle y recogí a varios de los miles de indigentes que poblaban el centro y me los llevé a mi pequeño piso. Algunos llevaban varios días sin probar bocado y parecían sedientos. Les di algo de lo que tenía, y me serví lo poco que me sobraba en la nevera. No tenía amigos, y casi ni familia. Los primeros habían emigrado hacían unos años a otros países. Alguno todavía me llama una vez cada treinta años. Los pocos familiares que no murieron consiguieron escapar del país antes de que no hubiera ni para siquiera coger un billete de avión. Pero yo me quedé aquí, en mi pequeño continente de 40 millones de habitantes. Quería morir con las botas puestas en mi cuidad y no pensaba que fuera fácil adaptarme fuera de aquí. Fui cobarde, ya que de todas formas ahora me estoy adaptando a una nueva forma de “vivir”, por llamarlo de alguna manera.

Cinco desconocidos y yo nos quedamos allí toda la noche, sin mirarnos, sin hablarnos, sin articular una sola palabra. Solo contemplando las gotas de lluvia que resbalaban bajo las paredes desgajadas de lo que antes era una ciudad, de lo que antes era una vida, de lo que antes era un mundo habitable. De lo que antes era un primer mundo que competía con capitales y primas de riesgo. Hasta que alguien, no sé quién, dejó de interesarle nuestro estatus y pensó que sería mejor que nos pudriéramos como millones de personas lo hacían en mi propio mundo desde hace cientos de miles de años, olvidados bajo dos simples y paupérrimas palabras inhumanas: “Tercer Mundo”.